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jueves, 10 de noviembre de 2011

VISION DE LOS PODERES FACTICOS


http://www.larepublica.pe/12-09-2011/humala-y-la-legitimidad-de-la-democracia

Humala y la legitimidad de la democracia

Por Steven Levitsky (*)

Casi todo el debate sobre el futuro de la democracia bajo Ollanta Humala (y me incluyo) se ha enfocado sobre el eventual daño que podría hacer a las instituciones democráticas (¿será o no será un presidente autoritario?). Pero también vale la pena preguntarse si este gobierno podría fortalecer a las instituciones democráticas. Creo que sí, sobre todo en términos de confianza pública.
La democracia peruana no gozaba de buena salud cuando llegó Humala a la presidencia. Había un descontento enorme.  Según el Latinobarómetro, solo el 28% de los peruanos estaba satisfecho con la democracia en el 2010, comparado con 49% en Brasil y 56% en Chile. En cuanto a la confianza en las instituciones, el Perú estaba en el último lugar. Solo el 13% tenía confianza en los partidos políticos (peor que Guatemala, Honduras y Paraguay) y solo el 14% confiaba en el Congreso (el promedio en AL era 34%). Y mientras el 45% de los latinoamericanos –y más del 50% de los brasileños y chilenos– confiaba en su gobierno, solo el 25% de los peruanos lo hacía. En el 2010, la economía peruana crecía más que la de cualquier otro país sudamericano, pero la aprobación del gobierno estaba por debajo de todos. Mientras en Brasil, Chile, Ecuador, Honduras, Paraguay y hasta México esa aprobación superaba el 50%, en el Perú estaba en 30%. 
La desconfianza pública es peligrosa para la democracia. Si la gente no confía en las instituciones, estará menos dispuesta a defenderlas y más dispuesta a apoyar figuras (outsiders, golpistas) que las atacan. La desconfianza es una receta para el voto “antisistema”. Sería erróneo, entonces, actuar como si el Perú estuviera bien hasta el 5 de junio y de pronto se hubiera “jodido” (para decirlo como Zavalita) con la elección de Humala. La democracia ya estaba mal.   
Una causa de la desconfianza política se debe a que pocos gobiernos han cumplido con sus promesas electorales. Las políticas adoptadas por Fujimori tenían muy poco que ver con lo prometido en la campaña de 1990. Alejandro Toledo tiene fama de no cumplir con sus promesas. El candidato García prometió el cambio responsable –interpretado por muchos como un reformismo moderado, estilo Lula o Bachelet– pero gobernó de una manera conservadora. 
El Perú lleva más de dos décadas sin un presidente que cumpla con su palabra. No es poca cosa. Cuando la gente no percibe una mínima relación entre lo dicho en la campaña y lo hecho en el gobierno, crece la desconfianza. ¿Para qué sirve el voto si no influye sobre el comportamiento de los gobiernos electos? Si no hay relación alguna entre los resultados electorales y las políticas públicas, ¿para qué sirve la democracia? Que haya una brecha entre las promesas electorales y el comportamiento de los gobiernos es normal en una democracia: las condiciones cambian, surgen problemas inesperados. Pero en el Perú esa brecha creció demasiado, con consecuencias graves en términos de confianza pública.
La élite política y económica no tomó muy en serio este problema durante la última década. Los gobiernos de Toledo y García se enfocaron casi exclusivamente a la política macroeconómica, prestando poca atención a las demandas públicas. Obviamente, es importante mantener políticas macroeconómicas sólidas, pero una lección de las últimas elecciones es que un buen manejo macroeconómico y la confianza de gente con apellidos como Dubois y Althaus no son suficientes para garantizar la estabilidad democrática.
Cuando la economía crece 9% y la imagen del gobierno está por debajo del 30% hay un problema. Y el problema no es que los peruanos sean tristones o que les falte sol u oxígeno. Es político. Y en democracia, guste o no, la política importa. Aunque parezca superficial o demagógico, los gestos políticos (ir a Bagua, llevar el Congreso a Ica) importan. Y aunque parezca irracional, ineficiente y hasta populista, aplicar algunas políticas que responden a las demandas de la gente importa. (Paradójicamente, el último presidente que entendía la importancia de la política fue Fujimori, un autoritario).
Desde esta perspectiva, el inicio del gobierno de Humala ha sido muy positivo. Ha hecho como presidente lo que nos dijo durante la campaña que haría. Aumentó el salario mínimo, impulsó con éxito la Ley de Consulta Previa, negoció un importante gravamen minero, inició los programas sociales Pensión 65, Beca 18 y Cuna Más, y amplió el programa Juntos. Uno puede estar de acuerdo o en desacuerdo con estas medidas. El punto no es ese. Lo importante es que estas políticas eran promesas centrales de la campaña. Humala cumple su palabra. Y, en términos democráticos, está muy bien. Si las cosas siguen así, es posible que el nivel de desconfianza pública empiece a bajar. 
Hay otras promesas que serán más difíciles de cumplir, sobre todo, la lucha contra la corrupción y la inseguridad. Son problemas estructurales del Estado que, por más voluntad que haya, son muy duros de cambiar en el corto plazo. Y como la corrupción y la inseguridad son –según las encuestas– problemas medulares para la sociedad, no solucionarlos puede traer costos importantes. Pero, en términos políticos, me parece que el gobierno empezó bien. Se ha preocupado mucho más que sus antecesores por las demandas del electorado, y no es poca cosa.
Humala, cuya presidencia nace de una crisis de confianza pública, está en condiciones de  combatir esa crisis. Que tenga éxito. Los problemas de la democracia deben curarse en democracia. Y nadie sabe cuánto puede durar una democracia sin confianza pública.  
(*) Profesor de Ciencia Política, Universidad de Harvard.

Respuesta:

El  Sr. Steven  Levitsky, solo  está  elogiando  el  continuismo, y  solo  está  dando  su  opinión  como  Certificación  de  la  Democracia  como  la  entiende  él, y  todos  los  poderes  fácticos  que  realmente  gobiernan  el  Perú, entiéndase   los   banqueros  y  las transanacionales, asociados  a  la  vieja  clase  oligárquica, y  muy  bien  representados  por  la  clase  política  corrupta   y   con  la  fuerte  coraza  de  todo  el  andamiaje  mediático  servil  y  corrupto ( Tesis  de  grado  PhD. del  inefable  Vladimiro  Montesinos).
Mientras  el  gobierno siga  rodeado  de  los  mismos   tecnócratas  lobbistas, que  han  estado  en  el  gobierno  los  últimos  21  años, sea  visiblemente  ó  en  la  oscuridad, y  mientras  el  gobierno  se  siga  subordinando  a  los  mandatos  e  intereses  del  FMI/BM, nunca  habrá  DEMOCRACIA, porque  siempre  gobernará  EL  CAPITAL  PRIVADO, que  no  tiene  nacionalidad  ni  escrúpulos  para  saquear  economías, ya  no  solamente  pobres, sino  también  ricas.
DEMOCRACIA, es  el   ESTADO, que  gobierna, siempre  en  privilegio de  su  PUEBLO, en  sociedad  con  EL  CAPITAL, pero  solo   con  LA  INVERSIÓN  PRIVADA  AMIGABLE, es decir  que  respete  la  Soberanía  y  la  Identidad  Nacional  de  los  pueblos, y  lo  más  importante  que  permita y  que  impulse  su  DESARROLLO, para  sustentar  SU  NIVEL  DE VIDA  DIGNA., y  esto  solo  se  logrará  elevando  sus  niveles  de  PRODUCTIVIDAD  Y  COMPETITIVIDAD  directas, en  los  sectores  productivos  y  de servicios, teniendo  como  pilares  LA  ALIMENTACIÓN, LA EDUCACIÓN, LA  SALUD  Y  LA  CIENCIA  Y  LA  TECNOLOGÍA.
Emiliano Palacios Montenegro




jueves, 28 de enero de 2010

Tentación autoritaria en la democracia La democracia autoritaria, en nuestro tiempo, es a la vez, liberal en lo económico y autoritaria en lo político, privilegia la reducción de costos para la producción mientras congela la capacidad adquisitiva de los salarios y restringe las libertades civiles y democráticas para “asegurar la paz”. En América Latina hay varios tipos de capitalismo y de socialismo gobernando, que se combinan en dos distintos escenarios, el autoritarismo y la democracia. El Brasil de Lula es democrático aunque medio país está en pobreza y con enormes desigualdades a pesar de su pujante industrialización y avance tecnológico. Venezuela, privilegiada por su petróleo no deja de sumar pobres y conflictos democráticos fruto de una mala gestión de la bonanza y del “neo-autoritarismo” bolivariano. En el Perú aún se cree que autoritarismo es sinónimo de orden, asociado, en el imaginario popular con eficacia, se cree que lo que nos falta es orden y que necesitamos mano dura y, por cierto, no detenernos en “esa cojudez de los derechos humanos”, según definición del Cardenal Luis Cipriani. Por eso la mitad o más de los peruanos son políticamente autoritarios y han elegido autoritarismos como régimen político, por lo que también nuestra democracia es autoritaria. Lo es porque en ella prima un mandamiento de la religión de los empresarios: la socialización de las pérdidas y la privatización de las ganancias, con todos sus graves riesgos morales, como que cuando las cosas van bien se llevan muchísimo dinero a cuentas privadas y cuando van mal los accionistas pequeños y los contribuyentes pagan los daños con fondos públicos. Según el Nobel Joseph Stiglitz, cuando se dejaron de lado las regulaciones el uso discrecional de los recursos ciudadanos precipitó la crisis. En los años cincuenta hubo mucha regulación y ninguna crisis financiera, pero desde el 2000, se retiró la regulación y estallaron cien crisis financieras. Como dice Stiglitz, la crisis financiera y económica mundial lleva el sello ‘made in USA’ por lo que 12 millones de estadounidenses poseen hipotecas más caras que el valor de sus casas y los microinversionistas que pusieron su dinero en la bolsa y los bancos han perdido casi todo. Pero ¿dónde está ese dinero perdido? Oh sorpresa, en la bolsa y los bancos “salvados” por el dinero de los contribuyentes estadounidenses. De nuevo, los pequeños se hundieron y los grandes fueron salvados con la plata de los pequeños. Flor de fraude. Carlos Urrutia Fuente : La Primera

jueves, 2 de julio de 2009

desacuerdos en democracia

El orden del desorden

La protesta social es también una forma del orden, una manera del diálogo social y un estilo de la confrontación de desacuerdos políticos en democracia.
En nuestro medio, la protesta social suele ser respuesta ante la indiferencia y el incumplimiento de quienes deben dar soluciones a los problemas pero se atracan en la burocracia o en la corrupción.
Esta respuesta es fruto de desconfianzas mutuas, acusaciones y descalificaciones entre dos partes que frecuentemente pierden de vista la finalidad de la protesta y, con ello, reemplazan las medidas razonables de fuerza eficaces para conseguir sus objetivos.
Esto, por ejemplo, pasó en Bagua el 5 de junio.
En el Perú se han conseguido muchas cosas a través de las protestas sociales, pero la poderosa clase alta, la delgada clase media y la populosa clase baja, siguen en el lugar que siempre ocuparon, han cambiado de lugar algunos miembros, unos han subido y otros han bajado pero la pirámide sigue igual, lo cual es visible a través de los índices de desigualdad social que vergonzosamente luce el Perú.
En el caso de los nativos de la selva, Sinesio López se preguntaba por estos raros extremistas que dialogan con el Premier, negocian, acuerdan y terminan la protesta, algo que las elites económica, social y militar no alcanzan a comprender porque muchos “civilizados están más lejos de ese sector del Perú que de Miami.
Tal vez por eso no comprenden que esos nativos, agricultores, pescadores o mineros, que viven en la pobreza extrema tengan un orden cotidiano que respeta sus autoridades, sin violencia, con pacíficas y estables normas de conducta, que envidiarían las elites computarizadas, pero que cuando otros quieren apoderarse de sus tierras para hacer negocios que los terminarán volviendo más pobres, contaminando el medio ambiente, sus tierras y sus ríos entonces si se defienden con fiereza.
Mirar con franqueza los hechos de Bagua obliga a cuestionar el manejo que hizo el gobierno de ese episodio pero también a convencerse que es posible un diálogo de buena fe, respetuoso de la diversidad cultural en que vivimos y de los derechos de todos los peruanos.

Carlos Urrutia

Fuente : La Primera